Ingeniero Jacobacci – Argentina es la posición misionera más austral de la Congregación y forma parte de la provincia claretiana San José del Sur. Este lugar, también es conocido como Wawel Niyeo, que en lengua mapuche significa lugar donde brota el agua.
Si uno recorre unos pocos kilómetros desde los pequeños pueblos de la zona, podría decirse que esta comunidad está “en el medio de la nada”. Esta expresión suele ser un modo de explicar la increíble inmensidad de estos lugares, aunque es una definición que no le hace honor al paisaje ni a la labor misionera, histórica, ecuménica y vital que se desarrolla en estas tierras.
Los Misioneros Claretianos caminan por este territorio hace más de cinco décadas y la fidelidad al modo de vivir la misión se vislumbra en el trabajo con otros que se ha desarrollado en esta periferia y que en la actualidad tiene su correlato en la articulación con organizaciones del pueblo mapuche y habitantes que independientemente de sus expresiones de fe, comparten camino en la construcción del Reino.
Wawel Niyeo, forma parte del Wallmapu, que es territorio ancestral mapuche. Mucho tiempo antes de la existencia de los Estados modernos, entre el atlántico y el pacífico, en lo que hoy conocemos como Patagonia argentina y chilena, con la cordillera de los Andes como testigo, vivían, se desplazaban, intercambiaban y tenían su propia organización comunitaria y como pueblo diversas facciones del pueblo mapuche. La consolidación de los Estados y la necesidad de expansión territorial hacia finales del siglo XIX generaron que, tanto Argentina como Chile, iniciaran campañas militares -con el acompañamiento de la Iglesia de aquel tiempo- para ampliar sus fronteras al sur. Este proceso de expansión requirió y se asentó en un cruel genocidio contra los mapuches, quienes aún hoy claman porque el Estado Argentino asuma la responsabilidad del crimen perpetrado contra el pueblo preexistente.
Dentro de esta historia y estos escenarios, puntualmente en estas tierras, la iglesia del sur del mundo se fue transformando en un actor indispensable que camina y se esfuerza por reparar el daño institucional provocado a un pueblo ancestral. Abrazados y respaldados hoy por el magisterio que nos ha dejado el Papa Francisco, es una iglesia que se refleja en aquél pedido de perdón que el propio Papa hiciera ante los crímenes que – por acción u omisión- la Iglesia cometió contra estos pueblos. Y también, es una iglesia que fue recogiendo la siembra que desde hace más de 50 años los Hijos del Inmaculado Corazón de María han realizado en estas latitudes.
Una vez culminadas las campañas militares que provocaron el genocidio contra el pueblo mapuche en ambos lados de la cordillera, el exterminio prosiguió con políticas de invisibilización que incluyeron la prohibición de hablar en la lengua originaria, vestir de acuerdo a sus tradiciones o celebrar sus ceremonias. Fue un despojo territorial pero también espiritual.
Ya en el siglo XX, los sobrevivientes de aquel genocidio, transformados en pequeños productores ganaderos que ocuparon pequeñas parcelas poco productivas, se dedicaron a la cría de ganado ovino y caprino y fueron víctimas de prácticas estatales, pero también comunitarias, que los mantenían en la pobreza y exclusión. En ese contexto, emergió la iglesia a la que hacemos alusión: aquella que en nuestro continente, iluminada por Puebla y Medellín, resistió las dictaduras militares, transformándose en servidora de las causas de los pobres.
Un hito que también es herencia para quienes caminamos en la misión hoy, fue la sanción de la Ley Integral Indígena de la provincia de Río Negro, en el año 1988. En aquel tiempo, el Presbítero Francisco Fernández Salinas (Padre Paco), Misionero de los Sagrados Corazones, abrió las puertas de nuestra Iglesia San Francisco, para que se transforme en una ruka (casa, en lengua mapuche) dispuesta para la deliberación y la organización. Del lado claretiano, y en otra zona vecina de esta Línea Sur, el P. Carlos Calgaro acompañó decididamente este proceso, priorizando tareas para la fundación y consolidación de Cooperativas Ganaderas en toda la región.
De aquel trabajo articulado, con fuerte tradición cordimariana, esta comunidad misionera siente en toda su magnitud la premisa aquella de no se puede ser claretiano como si los pobres no existieran. Tampoco se puede ser claretiano sin denunciar las estructuras de injusticia.
El trabajo que los Misioneros Claretianos realizaron en las comunidades cercanas a Jacobacci, contribuyó a la organización del pueblo mapuche en pos de llevar adelante prácticas que no colisionen con sus tradiciones ancestrales, la creación de legislación que contemple la interculturalidad, el rescate de la lengua ancestral –ya que al ser un pueblo ágrafo, toda la transmisión cultural/espiritual radica en la oralidad-.
Más cercano en el tiempo, una tarea primordial que acompaña la Congregación es la defensa del Agua y el Territorio. Pero… ¿por qué esta consigna?
La Cosmovisión del Pueblo Mapuche, como la mayoría de los pueblos ancestrales del mundo, considera que todo lo animado e inanimado con lo que convivimos forma parte de un fino equilibrio que debe ser preservado. Y si profundizamos un poco más y dejamos de lado la mirada colonial y colonizante de que este pueblo ha sido objeto, podemos decir que cada elemento de la Creación tiene su propia fuerza que lo rige, que todo está interconectado, todo tiene su forma de hacerse presente en nuestra vida.
En torno al año 2000, comienza a tomar fuerza la presencia de empresas trasnacionales con la intención de extraer bienes comunes del subsuelo. La acción de las empresas de estas características, colisiona en un todo con la cosmovisión mapuche. ¿Le podemos pedir a un poblador cuyo templo es la Casa Común que permita una destrucción de esas características? El territorio es para el pueblo Mapuche, el templo de la Creación, es el aire libre donde se desarrollan todas las actividades que le dan sustento material y espiritual a su vida, consideran al agua (al igual que nosotros) bien común indispensable para los rituales, pero también para las futuras generaciones.
Como familia claretiana también acompañamos desde hace más de dos décadas el clamor por el cuidado de la Casa Común desde el grito de los pobres. La articulación desde la perspectiva de JPIC con actores eclesiales y comunitarios nos permitió ser partícipes de espacios de reflexión y acción que responden en un todo a la experiencia de evangelio encarnado, posicionándonos desde el lugar de los pobres y trazando un camino en este sentido.
Si nos detenemos en la encíclica Laudato Si’, en el apartado donde Francisco se refiere a la minería a gran escala, veremos que la misma se fundamenta en la reflexión que hicieron los Obispos de la región Patagonia-Comahue, en la Navidad de 2009. Surge desde esta latitud, desde este pueblo. Es decir, la trayectoria de fe de una comunidad, acompañada por sus pastores, muchos de ellos claretianos, en fidelidad al evangelio, animados por San Antonio María Claret, desde el fin del mundo, se vio materializada en la Doctrina Social de la Iglesia.
La Misión Claretiana del fin del mundo puede leerse en clave de punto de partida porque cosecha el fruto de esa semilla que nuestros antecesores sembraron en tierra fecunda, porque camina junto a los perseguidos, excluidos e invisibilizados, porque se juega todo por la vida en abundancia para todos y porque quiere ser esa iglesia que arde en caridad y enciende un fuego de amor por donde pasa.
Por Claudia Huircan




